martes, 14 de julio de 2009

Incendiario

Tu boca no sabe
de huracanes
ni de pausas,
de microcosmos
con estratagemas o
conquistas
postergadas,
aletargadas,
sinópticas,
lábiles o
indiferentes.

Tus labios imprimen
los pasos
sólo para poder hablar
de huellas,
de espacios
y ausencias,
de dicotomías infantiles,
del por qué
del metatarso,
de la falsabilidad del destino.

Otro patíbulo inmanente-nacarado
demonofáctico imbuído de desorden
sortílego, peltre entramado imbestido
y arbóreo,
coral,
epíteto o
translúcido.




PD: Y que la puma del tigre se haga cargo.

viernes, 19 de junio de 2009

La postura

Porque la intención es otra y los caminos son todos. Insistir, insistir subiendo, creando, definiendo, estirar los brazos desde lejos (que ahí están, cerca, creciendo en espirales aunque a veces no llegan, carajo) a modo de marco, de recorte, de aislamiento, deviniendo silencio o música suave y hacer de tus manos un mar oscuro hasta perderse, llenarse la vida de brisa tenue, de marea de otoño. Las risas escapan a su posición celeste, las nubes de hojarasca se hacen piel. Vos, tu soltura y el desvelo; la ciudad un mismo insomnio, las preocupaciones arrastradas hacia bahías productivas, los desaciertos cotidianos y el mutismo del mundo. Vos, el sol y la palabra. Y la forma descarada de romper con las creencias, con las horas señaladas, con los paraísos perdidos, los vuelos atrapados, los días de nubes, los versos sin sentido y los ojos delineados.

sábado, 30 de mayo de 2009

Nosotros

-¿No era que éramos anarquistas?
Y el humo envolvía cada vez más la noche. Y todas las voces se fundían en una génesis cada vez más abstracta sobre una explicación posible para el mundo. Las copas se quiebran. Las generaciones se cruzan una y otra vez. Insisten, crecen, generan, cambian. Todas las tonalidades son aceptadas, dos dirígen, los otros impulsan. Choque innegable entre fuego cruzado. Dos son las voces que importan. Las dos que hacen puente cuando las miradas se esquivan. Sin embargo, sostienen el caos que desatarán luego. La pérdida gradual del único sentido se abre camino entre los pasos mal dados y alcanza la brecha inmensa que tapona el pasar del tiempo. ¿No era que éramos anarquistas? Pero el exceso necesario para combatir la presencia eterna del recuerdo, comienza a hacer síntoma en los diálogos más dulces.
-No se que fuimos, en realidad, ya no se bien qué es lo que somos.
El exceso ahí donde falta un brazo.
-Nos robaron la ilusión, ni la puta ilusión nos dejaron. Se llevaron a todos los que hacían que creas en los mundos imposibles. La ilusión, ¿Entendés? ¿Y no era que éramos anarquistas?
Los ojos se empapan. La violencia que empuja hace saltar las primeras lágrimas. Violencia obturada por la amargura, por sentir las manos cortadas, por dos hielos más en el vaso, por un último tema que la voz aplastada no nos deja decir. Alguien golpea la mesa.
- Por ahí ustedes sean los encargados de devolvérsela al mundo, ustedes que no tienen miedo. Ustedes, los que no se acuestan intentando el olvido... pero si los querés tanto, carajo. Porque fueron los mejores. Perdimos. No sé si somos anarquistas. No se, ¿Qué somos?

domingo, 10 de mayo de 2009

Morder

Insisto en que se acerque. Se hace ovillo en la infinitud de la piel. Es párpado envolvente, es toda mirada, acecho desnaturalizador, expectativa. El silencio de supresión de voces se hace estéril, casi como en acuerdo tácito que solo hace mirada. Mirada pura. Dos ojos bocas. Mirada dirigida irrefrenable, analizadora, analizante, más mirada que voz. Acercate. No pienses más y acercate, no hay más que tranquilidad y calma y todo se teje como la red más dulce y envolverse es la mejor opción de todas porque hay ojos y nada más que ojos y no son ojos boca, es silencio contenedor y tentativo, y la piel abriga. El hueco en la cama apareció recién cuando miraste y te juro que antes no estaba y eso que estás tan cansada que los ojos boca, no, los sin boca te esperan retornando, haciendo ecos enormes como faros y si los ojos son tan inocentes no te escapes que es un paso más y ya casi puedo inundarme de tus colores perfumados y tu piel brillante. El primer pie se sumerge en punta tanteando la temperatura del agua que es una fina y suave telaraña que se resquebraja a propósito para que vuelvas a creer en la fragilidad y antes de empapar el segundo pidas disculpas y extiendas tus manos para disculparte con el cuerpo y envolverlo todo.
Y ahí se materializa el lago entramado y las redes te cubren por completo. Los ojos-boca se cierran y ahora el silencio es necesario, salvo por los jadeos de la sonrisa que todavía te escurre, delicada, carmín, transparente, y te escurrís en cámara lenta para ser lago y yo, sumergido, vuelvo a insistir.

martes, 5 de mayo de 2009

Marea

Lo más obsceno que podría decirle, sería que no es necesario escuchar su voz. La marea inestable de vientos jodidos que sostienen esa mirada, pueden hacer estragos en los jardines más dulces. Son gestos intermedios entre las sutilezas de un nombre, olvidados acaso por la aparente falta de piedad del destino. Mutilados. Duplicados de manera nefasta en todos los ecos colectivos que la habitan. Sabe de caminos e historias. Son los restos de quienes murieron intentando cruzar el abismo entre párpado y párpado. Son las voces que describen con insistencia el pasaje imposible hacia un cielo robado. Y uno no hace más que delinear los bordes, hundirse y ser parte en un instante de su vida de sueños. De mares oscuros con secretos y palabras. De vidas pasadas. De azules vivos.

domingo, 26 de abril de 2009

Café

Al final se encontraron. Aunque haya sido necesario que con anterioridad se cuenten la cantidad de hojas exactas que no cayeron ese otoño, o que la marea espesa que circundaba la ciudad, deje de ser violenta o desesperada, tan metida en los oídos de la gente al punto de impedir que se recorten los jardines.
Pero lo importante es que se encontraron, porque si lo hicieron no hay forma de negar que se estuviesen buscando, o que todavía se buscaban. Teniendo siempre en cuenta, claro, que desde el comienzo estaban perdidos. Y más en cuenta aún el hecho de que por más que estén sentados en la misma mesa, sin decir nada de nada; es inútil afirmar que alguno de los dos se sienta un poco más orientado, o al menos menos inseguro.
Ella nunca necesitó ser puta para esquivarle al matrimonio. Él nunca dejó de jugar al caballero para explicarle sus fracasos, sus años de resonancias sin sentido, sus glorias acartonadas. Aún sin contarle de las horas de sueño en el sillón del living.
- Te diste cuenta? Vos seguís llena de dudas, ahí donde nunca pude dejar de dar respuestas. Siempre fuimos complementarios.
Y su afirmación, tan categórica y rebuscada, hizo mella como siempre en los hilos más sensibles y escondidos de su vida de abandonos. Y por más que se muera por gritarle todo lo que siente, se va a quedar callada. Porque las palabras le parecían hermosas solamente cuando salían de esa boca, con la misma dureza encantadora que el tiempo no supo gastar. Porque todo se llenaba de sentido, y sin sentido no hacemos nada.
Pero la equivocación era enorme: Ella se hace preguntas para no acercarse nunca a las respuestas, y él responde todo el tiempo para no cuestionarse nunca. Siempre fueron imposibles. Si hay una seguridad compartida, si existe algún punto donde se toquen, si comparten aunque sea un mínimo de acuerdo, es en que nunca van a permitir que sean imposibles las cosas imposibles. Y eso (hay que admitir) es todo lo que necesitan para no olvidarse nunca.
- Pero también es cierto que nunca vamos a poder conversar. Así como a vos te encanta escuchar como no puedo con mi vida, me fui haciendo adicta a los minutos que le dedicás a hablar con tanta pasión sobre los detalles que a nadie le importan, y te indignás y me convencés de que estamos todos mirando para el lado equivocado, y yo me pierdo y doy gracias por saber que sufro por cosas que no valen nada.
Y como todo buen caballero, admite entre risas que no puede agregar nada más a un discurso que pisotea triunfante a siglos enteros de poesía.
Pero los tiempos son cortos, y antes de que el silencio haga peligrar la omnipotencia de los dos, pagan cada uno su parte y suben a colectivos distintos. El viaje se repite como todos los días que contaron con el mismo desenlace. Y él no deja de pensar en todos los por qué que evitaron el abrazo, el beso y la no despedida. Y ella diciéndole todo el tiempo que lo único que quiere es que la acompañe hasta la cama, que desde la única que vez que se acostaron juntos, ella nunca más volvió a dormir sola.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Las decisiones son sin garantías.

Las decisiones son sin garantías.

Así como suena. Es una frase prestada bastante efectiva (siempre admiré a quienes tienen esa capacidad de síntesis). Las verdaderas decisiones no pueden tener garantía de nada, tienen que hacer llamado a la no existencia de la posibilidad, de la condición o de la permanencia. Una decisión con garantías, asegurada, es mero conformismo narcisita (a riesgo de caer en lo obsesivo), una ilusión de decisión que le permite a uno seguir dudando, mantener la espera y el deseo inalcanzable pero a mano. La decisión es una escisión camuflada con una “d” para distraernos del riesgo, para mantenernos velados, dormidos, insatisfechos sin llegar a estar incómodos.
Ahora bien, no hay que confundirse. La decisión plantea un momento, un intervalo particular que desemboca en el acto o en el no-acto. Y aunque logremos el acto, aún sin garantías, estamos lejos de realizar una hazaña.

Podemos intentar hacer uso de la abstracción (capacidad muy venida a menos) e imaginarnos una cadena de pasos, un camino. Son los mismos pasos de siempre, son iguales y por dejar de ser uno y estar unidos, son distintos. Pero siempre es la misma cadena de pasos, que hasta pareciera no seguir una línea recta, sino más bien, constituir un círculo. La decisión hace dar un paso ambiguo en el que el siguiente define la ruptura (o no) del círculo. Si hay garantías, si existe la seguridad, entonces el paso extiende un poco más la trama del círculo, dando la sensación ilusoria de apertura. El tiempo no cuenta porque es inexistente, pero podemos hacer un nuevo intento de abstracción e imaginarnos el momento siguiente en el que el círculo vuelve a aparecer, volviendo a la insatisfacción (finalmente no tan despreciable) soportable. Esa es una decisión falsa.

La decisión tomada sin garantías conlleva al acto. O casi.

El acto es el momento en el que dejamos de ser para ser otro: distinto y sin vuelta atrás. El acto necesariamente emerge cuando dejamos de pensar (o de hablar). Si hay acto no hay pensamiento, no hay lenguaje en juego y eso necesariamente lleva a no ser. Somos efecto del lenguaje, y si no hay lenguaje sino acto, dejamos de ser un instante, para ser de otra forma. Pero el acto no es una hazaña, por más esfuerzo que lleve. Porque una hazaña es lo que hacen los héroes. Y cuando uno es héroe, lo es por el veredicto con el que lo juzgan los otros. Uno realiza una hazaña cuando todo lo que hace es acorde al deseo de los otros (del Otro). El acto no posee legalidad. El acto es ponerse inmediatamente delante de uno, ahí donde está el deseo. Ahí está la motivación: ir tras el deseo… y alcanzarlo. Alcanzarlo a costa de todo y de todos, romper la legalidad de nuestro universo simbólico y sufrir la angustia consecuente.

Por eso las decisiones nunca son fáciles. Porque lo que está en juego es el deseo de uno. Y uno en las dos posibilidades: como uno mismo o como ese otro. Porque no podemos ser uno sin ese otro que cierra y estabiliza la barrera imaginaria que nos hace decir “yo”.

Claro está que también existe la posibilidad de mirar desafiante al deseo, parado sobre la valentía de la decisión, y luego bajar la mirada y volver al círculo. Pero esta vez, un poquito más insatisfechos.