miércoles, 13 de agosto de 2008

Poligamia de Almohadas II

Hay una luz amarilla, tenue, cansada, que explora los límites corrosivos de los cuerpos en calma. La cama está deshecha como siempre. El humo es añejo y oblicuo, insiste hasta pegarse en la piel, inundando por completo los poros, invadiendo la intimidad agotada con las caricias del insomnio.

- Apenas soporto su presencia.
- Sin embargo la invocás todo el tiempo...
- Ella viene sola. Siempre viene sola. Y cuando empiezo a resignarme y a disfrutar el dolor de su imagen trepándose por mis hombros, desaparece.
- Quizá no quiere que la alcances.
- Nunca lo quizo.
- Me intriga saber si a ella le pasa lo mismo cada vez que se acuesta con otro. Si no puede dormir, si fuma hasta llenar la pieza con vestigios de su vida, si empapela las sábanas con melancolía mientras espera en silencio por horas que la puerta se abra y entres vos.
- Me encanta que me conozcas tanto sin saber nada de mi.

Los ruidos intermitentes de los colectivos y un tren lejano, componen las única serenata romántica que justifica el telón a tanto teatro. Teatro de lo patético, y por ello, simplemente hermoso.

sábado, 2 de agosto de 2008

Despierto

Mejor te regalo un sueño.
Si no hay futuros ni fantasmas,
y la sonrisa indiscreta nace y ocupa todo,
y sos puro sol.

Dejame envolverte conmigo
aunque no nos protejamos de nada
y sean todos roces.
Y te pierdo,
y me buscás,
y nos encontramos ahí, en
el medio del deseo.
Y cerramos los ojos,
y el desgaste se forma entre guiños.
Te invito a jugar,
y a deshacer cuentos de hadas.

Así podemos celebrar
juntos lo efímero de la inocencia...

viernes, 18 de julio de 2008

Inacabado

Se cruzan de golpe. La calle es oscura, con la magia única que se escapa de los adoquines de las calles de recuerdos, que San Telmo sostiene sin esfuerzo, como a los pasos de la historia.
Los detalles lo inundan todo. Es una noche atípica para los tiempos que corren, y los sueños se quedan casi al ras del suelo, como un vapor denso que no nos deja ver más que lo que quiere el deseo.
Y no son más que dos miradas sorprendidas, puro ojos. Ojos enormes. Ojos inmensos. Ojos que arañan los pocos segundos de encuentro, para conocerse, invitarse y devorarse, cuando solo compartieron unos pasos.
Ella es morocha, desbordante, inmensa; incapaz de terminar de levantar el brazo para acomodarse el flequillo. No puede ni siquiera parpadear. No hay tiempo, noy hay nada. Todo se congela como grabado en un verso que nadie va a leer nunca. Se conmueven los ruidos. Se despliegan los guiños enlazados, que los dibujan los cuerpos que imaginan los sentidos.
El impacto es un nido de sabores robados. Hay manos que empujan a un diálogo improvisado que no va surgir nunca. Hay ecos de vida que se relamen en la hojarasca. Hay cielo. Todo el cielo que necesiten.
Él la descubre. Casi no puede contra el día. Apenas levanta los pies, mientras maldice sin tregua a la inclinación desfavorable de una cuadra empinada, a las baldosas ajadas que son trampas de lluvia, y al no fin de su día de mierda.
Pero la vé. Justo cuando levanta la cabeza para putear al viento.
Ella sigue hermosa. A él se le vuelcan las caricias que nunca van a ir más allá de sus manos. El tiempo que no le alcanza nunca, le regala un guiño pasajero. Son solamente unos segundos. Pero de esos segundos que no terminan de pasar, y se estiran sin quebrarse, como la gotas de agua que se escurren en calma, con un avance precipitado, con una caída serena.

jueves, 19 de junio de 2008

Fragmentos II

Recorreme, pero recorreme sin saber a dónde ir. Tanteá las paredes a las que el tiempo no respeta, pero que no sea para guiarte. Cada grieta esconde una historia, y cada historia es un nuevo renacer de tormenta. Cambiá los pasos por giros. Internate o sofocame. No hacen falta las señales porque cada sendero es capaz de transitarse solo una vez, y al mirar atrás nunca se ve nada. Solamente lluvia que aterciopela los ojos hasta cerrarlos. Destruí con tus pisadas cada mundo soñado. Las letras están en el aire. Los signos te cubrieron el cuerpo. Los años se perdieron. La luna espera el momento mudo en el que el mundo arda y todos los silencios se incendien hasta trepar por las ramas. Que llegen alto. Que bailen. Que todo se cubra de cenizas. Que las brasas no sueñen. Y que nadie respire intentando despertar.

martes, 17 de junio de 2008

Poligamia de Almohadas I

Ella se da vuelta y cae de espaldas, rendida, sobre el borde derecho de la cama.
Él Tantea en la oscuridad hasta encontrar la mesa de luz, los puchos y el encendedor de plástico. Trata de dibujar su contorno en la penumbra. Se enrosca en las sábanas, enciende un cigarrillo y siente cómo se abren los pulmones con el humo en giros gastándole las membranas.

- La odio.

Ella mueve los labios sin mirarlo, ni siquiera intenta cambiar de posición.

- Siempre la terminás odiando.
- Es distinto, cada vez que me acuesto con vos, la odio un poquito más.
- Te estás enamorando.
- Si, y es horrible.
- Pocas veces te escuché decir tanto la palabra “odio”, y eso que sumamos tantas noches ya, que me parece una tarea imposible contarlas todas.
- Así todo, me sigue sorprendiendo que no te moleste que siga pensando en ella.
- Y a mi me asombra que te preocupes por eso.

Tira la ceniza en el suelo y se queda pensando. El humo es azul, vibrante e hipnótico. Las sombras decoran las paredes despintadas. Las estrellas se perdieron o se aburrieron de las historias repetidas con finales predecibles.

- Tampoco te molesta que siempre escriba para ella.
- Es una afirmación un tanto estúpida, nadie sabe a quién le escribe. Eso es lo hermoso del arte. Y una de las razones por las cuales estoy en tu cama, sin importar que la nombres, o que el piso esté sucio, o que el aire esté tan viciado.
- La odio.
- Lo decís como esperando que te explique el por qué.
- Como siempre. Por eso que dejo que estés en mi cama aunque piense en ella, o aunque todo sea un desastre, incluyendo mi persona.
- Te molesta y te atrapa tanto como todo lo que no podés explicar. Lo mismo te pasa conmigo. Pasame un pucho.

La lluvia golpea fuerte contra las ventanas, hace frío y afuera las calles se tapan de hojas muertas. La gente gris se defiende con paraguas viejos, el viento aviva las cenizas de los amores lascivos, las vírgenes se resquebrajan en los altares del tiempo, y los sueños se suceden infinitos. Es otoño. Triste y hermoso.

miércoles, 11 de junio de 2008

El arte-reflejo

Todo parte del sueño. La ventana onírica se transforma en un juego de espejos que esperan empañados el regreso intermitente de los años-silencios. Hay un hombre (sólo uno) que por no estar atado, necesita aferrarse al mundo. Se abraza con el cuerpo sin sombra para no caer en el lago del tiempo. Y como el agua es difusa y se borronea el contorno, sabe que su seguridad es arbórea.Por eso los árboles pueden ser violáceos nacarados o persianas en el día. Son (somos) islas.
Pero lo imponente es el espejo. Porque aunque estemos enfrentados, nos muestra el pasado. Y en el medio un bosque perfecto.
Pero no nos vemos. El ojo marmolado hasta las fugas más intensas no nos capta. Y es que nos perdimos en el todo. O nos perdieron. Y aunque persista el reflejo transgresor, hace tiempo que dejaron de buscarnos. Y no había nada más hermoso que amanecer sobre tu nombre. Y no importaba si el paisaje era o no era de mentira, porque era nuestro y lo soñamos.
Por eso no hay cielo. Porque el cielo es para los que vivien en la superficie del color, y no ven las historias de las almas escondidas.

jueves, 5 de junio de 2008

Encontrarte

Muchas mujeres durmieron en mi cama. Algunas solamente me conocieron a oscuras. Otras no pararon de compartir mañanas enteras.
En una época, ella lavaba los platos de la cena anterior, mientras yo acomodaba el desastre cotidiano. Apilaba apuntes, montañas de fotocopias, discos varios, y escondía algunos recuerdos insistentes debajo de la cama. Ella juntaba los puchos y abría la ventana para que se vaya el humo, o preparaba café para obligarme a estudiar. Y yo la dejaba y hacía que leía, mientras la miraba de arriba a abajo saboreándole las piernas, acompañado por su perfume tibio impregnando la almohada.
A veces desayunábamos antes de vestirnos. Desnudos con café con leche, o con mate y bizcochos. Y no nos teníamos que decir nada. Era mirarse y sonreir, mirarla y que se sonroje e intente meter toda su vida en una taza caliente.
Mucho antes dormíamos en un colchón sobre la alfombra llena de polvo. No teníamos nada, y no necesitábamos nada más. Pero ella tenía alergia, así que un día tuve que tirar la alfombra por la ventana, para que no se le irriten los ojos, porque parecía que lloraba y nunca nada me hizo tan mal como verla triste.
Un día se levantó llorando y se fue para siempre. La culpa siempre la tuve yo.
Después las polleras morochas desfilaban por el cuarto. Se hacían arte entre los repiques de las gotas que pegaban en el vidrio. El arte hacía historia, y ella hacía historia del arte. Soñábamos juntos entre Rembrandt y Dalí (siempre con las luces apagadas), hacíamos el amor para ganarle al invierno, inventábamos excusas y mentiras por teléfono, y nos mirábamos hasta quedarnos dormidos. Siempre teníamos hambre y pocas ganas de hacer nada, y supo conocerme tanto, que me asusté y la perdí.
Hoy nadie lava los platos, ni junta las colillas. La cama está deshecha y el piso sucio, el aire está viciado y no encuentro sus botas. La música se hizo parte del silencio habitual. Los colores se fueron.
Me conformaría con la vuelta del marrón y el verde, los necesito bastante. Mucho más de lo que querría.
(Me pregunto si ella vendrá a invadirme la vida con la misma fuerza irresponsable con la que golpeo sus dudas intentando arrancar respuestas. Me asusta mucho hablarte tanto, sin llegar a decir nada.)