jueves, 28 de enero de 2010

Adiós a Jerome

Lo conocí cuando me regalaron los nueve cuentos, hecho que impactó terriblemente en todos los momentos que siguieron al sentarme a escribir.

Y falleció Salinger, y lo dijeron en todas las noticias a toda esa gente que nunca él quiso conocer.

lunes, 18 de enero de 2010

La pregnancia de los bordes

La soledad es un espacio frío, una suma de antinomias descartadas. Ecos de los caracteres del viento, vientres salados de espuma violácea. Panacea de un encuentro, savia de tu iris ámbar marino, nácar errante de tu frente liz. Ambos pasos a metros del olvido. Azucar derramada del cristal en flor.
Subo enredado al cántaro.
Dos marcos de piedra nutren los caminos en tu espalda.
A veces el tiempo son demasiadas escaleras caracol. Tu frente liz aún derrama vientres y flores. La suma de tus ecos son espuma en los espacios fríos. Los olvidos en tus pasos son savia, antinomia y soledades.
Cubro los marcos, seco los bordes, beso la espuma.
Dejo en cada silencio el eterno retorno empapado de tus labios: todavía cuentan, desgranados, cada uno de los siglos que auguraron nuevos rumbos.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Se te cae la cáscara justo antes de que los dados comiencen a contar al revés

Se te cae la cáscara justo antes de que los dados comiencen a contar al revés.

Los bordes: la sensualidad siempre fue una resonancia ganada, un mirar más acá de tus manos hiperbóreas en deshielo constante. El giro a modo de enigma llevando la mirada (las voces, la llanura, los ombligos, el mundo) a nuevos marcos enredados de elegías (las dulces, las de estatuas de mármol con cintas de fuego), bajo la calma atenuante de los pasos (el preludio desarmado en la génesis de la hondanada) sobre la arena muerta entre las noches de invierno (tu caída arcaica entre los mares).
Reverberancia: el efecto transgredido por la pluralidad de roces, el exceso realzado en los espejos (las otras caras, los versos renovados) nuevamente infinitos, desmedidos (el error de los cimientos redondeando los ángulos). La suavidad tejió condenas antes de acercarse al ciclo de la luna. La madeja enrollada en la latitud de tus poros, el último sello después del mediodía. El placer irremediable ante el claroscuro. La caricia constante del abismo.
Todas tus vidas.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Resonancia del Niño

Y así, de golpe, aparece el "Niño del fin del mundo", composición de la murga uruguaya Agarrate Catalina:




No dejo la letra porque uno se apura demasiado leyendo y termina antes que la música, y así, viejo, no vale.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Niño: Las baladas son de los tenores

Niño: las baladas son de los tenores

Las tormentas pasan lejos desfigurando la cantidad de horas de vida – horas de vuelo. Se hacen pintadas en anacrusa sobre el mármol tibio: son manos que escribien silencios precisos, bajo la manta suave que ilumina o decora. Esa puta red insistente que por ser permeable perdió toda capacidad de cielo; esa finura extrema que sin saber de cielos perdió toda capacidad de olvido. Las huellas (como la ausencia) no saben de planes ni rumbos, quizá acaso de-siertos destinos, a lo sumo de giros y sentencias (de esos giros y de esas sentencias). Devienen prisma y creación refractaria, selectiva y desbordante. Niño, las veces son menos que las vividas, y el andar estacionario no soporta el flujo de lo intenso. Dejar que el pasado se quiebre es ganarle a la historia, no dar lugar ni siquiera a las coordenadas pactadas, a los sueños de sangre o las palabras de gloria. Es ser corte de encuentro y explosión, en el detrimento con justa causa del haberlo habitado. Niño, levántate y habla: sólo las baladas son de los tenores.

jueves, 8 de octubre de 2009

Todas las hojas subiéndose a la cama

Todas las hojas subiéndose a la cama, lentas. En intervalos estáticos que anulan la continuidad. Son, si se quiere, pequeños saltos. Ni siquiera momentos. Descuidos del funcionamiento óptico (cada vez que los nudos se hicieron ocaso, cada vez más opaco), perpetuado por sucesiones de filtros atenuantes, momentos singulares de órdenes distintos. La insistencia de un otoño trepador, de varias muertes y la inavasión del sonido (los días apretados crujen, los silencios son partículas sin sentido), los colores secos se hacen manto, las vidas pasadas, la historia del por-venir. Porque al romperse la nervadura tenemos polvo; y lejos de ensuciar los espacios perdidos y las propiedades privadas, se crean (creamos, creemos, crearon) capas muy finas, planos irregulares, bordes tenues. La rigidez y la distancia pautada para mañana ser lluvia, concreción de las plegarias y los ritos que reclaman la llegada del verde, del calor y los frutos, de las brisas y las sombras.

martes, 14 de julio de 2009

Sobre la necesidad de los lazos y el ponerle nombres a las cosas I

Es tan de noche que el río ya no duda en susurrarnos. Desde el colchón se sienten las ondulaciones que insisten tranquilas en envolvernos. Las patas de la cama resbalan entre verdes y grises. La escalera del patio resignó siete de los trece escalones (suspira helada convirtiéndose en espejo), gana la luna, las reverberaciones, los brillos cegadores quebrándose en la cresta de una ola demasiado pequeña para merecer el rótulo de silábica. Pero nunca te gustaron los ruidos ni el ponerle nombres a las cosas, y la necesidad de los lazos siempre fue más corta que una décima de segundo. De ahí el quiebre con la persistencia acústica y la llegada de los ecos (y también, por qué no, las reverberaciones). Dijiste que esas no eran olas y tenías razón, las diferencias con los mares conocidos eran muchas y además obvias; pero pese a al refugio armado con botellas prestadas y vasos agrietados (fueron los que menos resistieron) no pudimos evitar que nos inunden las palabras. Soy yo quien se la pasa jugando con los nombres, hasta que no queda nada de donde agarrarse. Te nombré, nos nombré pero no nos nombramos. Y así te hiciste parte con el río de destellos tímidos y oscuridad plena. Así los escalones volvieron a quedar libres y yo, náufrago desnudo, amaneciéndote de espaldas.